Conectados

Conectados

Por Emilio Rodríguez García

Indignación continua


Abrir el móvil por la mañana se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo para la salud mental. Antes incluso de tomar el primer café, una avalancha de tragedias, injusticias y polémicas nos golpea directamente en la conciencia. Ya no se trata sólo de informarse, sino de tomar partido inmediato en un tablero global donde los roles de 'buenos' y 'malos' se reparten a primera hora. Esta constante exposición a un bombardeo moral nos está dejando exhaustos. O al menos a mí.

Tal como lo veo, cada noticia viene precocinada con su propio veredicto moral, y se espera de nosotros que lo asumamos, lo compartamos y, por supuesto, nos indignemos en la dirección correcta. El problema es que esa "dirección correcta" puede cambiar de un día para otro, dependiendo del medio que la cuente o del algoritmo que decida qué sufrimiento merece hoy nuestra atención. Nos hemos convertido en jueces y parte de conflictos que apenas entendemos, atrapados en una guerra de narrativas idiológicas que nos agota emocionalmente. Hoy Gaza, mañana los fontaneros, luego los autónomos y así sucesivamente. El dolor y la crispación venden, y están sacando un buen rédito de ello.

El ciudadano de a pie se levanta, consulta el 'indignómetro' para calibrar el nivel de enfado requerido y procede a emitir su comunicado personal. Un tuit ingenioso, una historia de Instagram con fondo negro y letras blancas, o quizá un comentario sagaz en una noticia. Cumplido el trámite, puede volver a sus quehaceres con la conciencia tranquila, habiendo aportado su granito de arena al tribunal popular. Ha realizado su "performance" de virtud, un acto que confunde la señalización moral con la acción real y que, en el fondo, no cambia absolutamente nada, pero agota nuestra reserva de empatía.

Bromas aparte, la factura psicológica de esta exposición incesante es real y cuantificable. No son pocos los estudios, como los que analizan la 'fatiga por compasión', que demuestran que la sobreexposición a noticias negativas y (des)moralizantes dispara los niveles de ansiedad, estrés e impotencia. No estamos diseñados para procesar todo el sufrimiento del mundo en tiempo real. Este flujo constante nos convierte en espectadores paralizados de un drama global que no podemos resolver, generando una angustia que, lejos de movilizarnos, nos bloquea.

Os animo a no caer en la indiferencia ni convertirnos en ermitaños digitales. Apliquemos una necesaria 'higiene mental'. Tenemos derecho a dosificar la información, a filtrar el ruido y a entender que nuestra capacidad de atención y nuestra energía emocional son recursos finitos. No podemos solucionar todos los problemas del mundo, pero sí podemos evitar que la angustia importada nos impida actuar en nuestro entorno más cercano.

Por eso, he decidido gestionar mi consumo de noticias con más cuidado que nunca. No para ignorar la realidad, sino para poder mirarla de frente sin romperme. Porque cuidar la propia salud mental no es un acto de egoísmo, sino una condición indispensable para seguir siendo útil, para poder ayudar de verdad cuando tengamos la oportunidad, más allá de un simple clic.