El día que comprobamos que la Tierra es redonda
El 20 de septiembre de 1519, una flota de cinco naves con cerca de 250 hombres, que se conocería como 'Armada de la Especiería', zarpó del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda. La conformaban la capitana Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. Al mando del proyecto y del buque insignia, estaba el portugués Fernando de Magallanes.
Ninguno era consciente de que su expedición cambiaría la historia: serían los primeros en dar la vuelta al mundo, en una hazaña de resistencia. Pero solo 18 tripulantes regresaron a Sanlúcar, tres años después de partir. Y Magallanes no estuvo entre los supervivientes de aquella iniciática circunnavegación terrestre.
Sin embargo, ese no era el objetivo del viaje, sino alcanzar las Islas de las Especias -o Molucas, en Indonesia- por el oeste, lo que pretendía Cristóbal Colón cuando encontró el continente americano.
Examinando mapas, Magallanes creía que podría recalar allí más rápido desplazándose en sentido opuesto, alrededor de la punta de América del Sur, a través del recién descubierto Océano Pacífico hasta las islas productoras de especias.

Portugal ya dominaba la ruta acostumbrada hacia oriente a través del cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África; no le interesaba abrir un itinerario occidental. A España sí. Cuando Manuel I de Portugal rechazó apoyarle, Magallanes fue a ofrecerse a su homólogo español, Carlos I.
Fernando de Magallanes, nacido en Oporto, participó en la conquista de Malaca (Malasia), manteniendo la amistad con Francisco Serrano, compañero suyo allí, que quedó destacado en las Molucas. Por él, tenía referencias de este archipiélago.
Aunque nobles hispanos recelaban de conferir la dirección a un luso, el emperador Carlos firmó unas Capitulaciones en las que aceptaba la propuesta de Magallanes de navegar alrededor del Cabo de Hornos, cruzar hasta las Molucas, embarcar especias y retornar por idéntico trayecto, reclamando las islas para España.
La flota salió de Sevilla río abajo hacia Sanlúcar de Barrameda, se trasladó hasta las Canarias, después tomó rumbo Cabo Verde, y cruzando el Atlántico hasta la costa sudamericana, accedió a la actual bahía de Río de Janeiro en diciembre de 1519. La marinería soportó un crudo invierno, durmiendo en cubierta en condiciones casi de congelación, y el hambre que les acuciaba originó motines.

La nao Santiago naufragó en esa climatología, y la búsqueda del estrecho al Pacífico se prolongó meses. En la dura travesía por aguas ignotas, la San Antonio, la más grande y portadora de más alimentos, desertó y arribó a España en mayo de 1521, teniendo al frente a Esteban Gómez. En el camino, probablemente hallaran las Islas Malvinas. Alegaron que, al reincorporarse al punto de reunión acordado, los demás ya no estaban.
A su llegada a España, comunicaron el descubrimiento del Estrecho, alertando al soberano de supuestos excesos de autoridad de Magallanes. Carlos I daría crédito a los testimonios, suprimiendo el estipendio a Beatriz Barbosa, esposa de Magallanes. En 1524, el monarca encargará a Esteban Gómez localizar otro paso al Pacífico, por Norteamérica.
Tras el abandono de la San Antonio y el hundimiento de la Santiago, solo quedaban 3 naos, que finalmente encontraron el acceso al otro lado de América del Sur. El 28 de noviembre de 1520 entraron en lo que Magallanes bautizó como mare Pacificum, el Pacífico.
El navegante pensaba que restaba un breve crucero hasta las Islas de las Especias. Pero había utilizado mapas que subestimaban la circunferencia de la Tierra, y le aguardaba una pesadilla de 100 días, pues el océano Pacífico tiene doble tamaño que el Atlántico y abarca un tercio de la superficie terrestre.

Así relató la horrible travesía Antonio Pigaffeta, el cronista de la exploración: "Durante tres meses y veinte días no pudimos conseguir alimentos frescos. Comíamos bizcocho, aunque ya no era bizcocho sino polvo mezclado con gusanos y lo que quedaba apestaba a orines de ratas. Bebíamos agua amarilla que llevaba podrida muchos días. También comíamos pieles de buey que cubrían la parte superior del patio principal".
Cuando Magallanes se dio cuenta de la enormidad del Pacífico, se decantó por otro objetivo: Filipinas. En Cebú, regaló a la reina una pequeña talla de madera del Niño Jesús. Cuando los españoles regresaron en 1565, la procesionaron. Desde entonces, se celebra allí la fiesta del Santo Niño, o Sinulog.
Pero el líder de la Isla de Mactán, Lapu-Lapu, se negó a someterse a Magallanes, y el portugués decidió invadir la isla con unos 40 compañeros armados. Los indígenas, en número de 1.500, le hicieron una emboscada a su desembarco en la playa, muriendo el 27 de abril de 1521 a resultas de las lesiones y de una flecha envenenada que recibió en la pierna durante la refriega. Hoy, se conserva un monumento erigido por Isabel II de España en 1866 en honor a Magallanes en la ciudad de Lapu-Lapu, en la denominada Punta Engaño, donde se cree halló la muerte.
Juan Sebastián Elcano quedó como comandante de la expedición, desde el 17 de septiembre de 1521. Bajo su guía continuaron hasta las Molucas, atracando en noviembre de 1521.

Juan Sebastián del Cano, o de Elcano como vino a llamársele siglos después, era natural de Guetaria, Guipúzcoa. Había participado en la conquista de Argel por el cardenal Cisneros. Inicialmente fue maestre de la nao Concepción. Más tarde, asumió el mando de la Victoria hasta el final, singladura que le consagrará como uno de los mejores marinos de todos los tiempos.
Elcano adquirió gran experiencia náutica, pero tuvo que vender su barco para pagar a sus hombres y lo hizo a unos saboyanos, algo prohibido entonces por la Corona. Algunos suponen que se alistó con Magallanes para redimir esa falta. A su vuelta, Carlos V le indultó el 13 de febrero de 1523.
Al llegar a la Isla de Bohol, como la tripulación había quedado reducida drásticamente, insuficiente para gobernar las tres naves restantes, debieron quemar la Concepción. Solo permanecieron la Trinidad y la Victoria.
En las Molucas son bien acogidos por el rey Almansur, quien les pide protección de los portugueses y les ofrece vasallaje. No obstante, por la aparición de Pedro Alfonso de Lorosa conocen que Portugal está dirigiendo hacia allí una armada de seis bajeles para apresarles. Los españoles apremian su salida, cargan las naves de clavo, y el 8 de diciembre parten.
Pero se revela que la Trinidad adolece de un problema grave, con la quilla quebrada y un agujero en el casco, y su reparación precisará meses. Ante el riesgo de ser sorprendidos por la armada lusitana, disponen que la Victoria zarpe a España rumbo oeste, mientras que la Trinidad, una vez rehabilitada, volvería cruzando el Pacífico hasta el Darién, en el actual Panamá, única posesión española de la costa pacífica americana en ese momento.

Eligen retornar por el camino más peligroso para completar la primera singladura alrededor del mundo, a pesar de que la ruta no les permitiría tocar tierra hasta España.
La nao Trinidad -que estuvo comandada por Magallanes- trató de volver por el Pacífico, pero no pudo, al ser capturada por barcos portugueses. La Victoria, con Elcano al frente, regresó a España a través del océano Índico y bordeando el cabo de Buena Esperanza.
Aunque era arriesgado atracar en Cabo Verde, bajo dominio luso, no tuvieron otra opción, por el mal estado de los tripulantes y del navío. Allí, 13 hombres fueron retenidos y solo 18 consiguieron escapar en la nao Victoria.
El 6 de septiembre de 12522, la Victoria entró en el puerto de Sanlúcar con 18 famélicos pasajeros, completando la primera vuelta al globo de la que se tiene constancia.

Además de Elcano y Pigafetta, cuyas relaciones no parecen haber sido buenas, los otros que culminaron la gesta, en condiciones penosas, fueron: Juan de Acurio, Juan de Arratia, Juan de Zubileta, Juan de Santander, Diego Carmena, Vasco Gómez Gallego, Fernando de Bustamante, Miguel de Rodas, el maestre Hans, Antón Hernández Colmenero, Juan Rodríguez, Francisco Rodríguez, Martín de Yudícibus, Francisco Albo, Nicolás el Griego y Miguel Sánchez. Para entonces, la viuda de Magallanes y su hijo Rodrigo ya habían muerto, y le quedaría por delante un arduo proceso judicial de décadas a la familia política, para tratar de hacer valer lo convenido en las Capitulaciones con el monarca.
Al llegar a Sevilla, Juan Sebastián Elcano escribió a su majestad relatándole el viaje, y Carlos V le invitó a la corte en Valladolid, donde le recibió en audiencia junto con dos supervivientes, el piloto Francisco de Albo y el barbero Fernando de Bustamante, en octubre de 1522. El soberano concedió al ilustre navegante una renta anual vitalicia de 500 ducados de oro y un escudo de armas con un globo terráqueo y la leyenda Primus circumdedisti me (El primero que me circunnavegó). Otros honores que solicitó Elcano le fueron denegados: el hábito de caballero de la Orden de Santiago (que tenía Magallanes), la Capitanía Mayor de la Armada y permiso para llevar armas.
Elcano participó como piloto principal en la siguiente expedición al Maluco encargada por el emperador, al mando de García Jofre de Loaysa, donde el guipuzcoano murió en mitad del océano Pacífico, justo hace ahora 500 años, en 1526, a bordo de la nao Santa María de la Victoria, que a pesar del nombre coincidente, era distinta de aquella con la que completó su recorrido del mundo.
Se ha especulado como causa de su deceso el escorbuto o una intoxicación por ingesta de una barracuda, que costó la vida a quienes también la comieron. Tenía unos 40 años. Su cuerpo fue arrojado al mar. En 1671, en el interior de la Iglesia de San Salvador de Guetaria, Pedro de Echave y Asu impulsó levantar un cenotafio en memoria del marino, sobre la sepultura familiar de los Elcano. La expedición de Loaysa fracasó: la única nave que llegó a las Molucas fue capturada por los portugueses.

Juan Sebastián Elcano, testando en el umbral de su muerte en el océano, se acordó de sus dos hijos naturales: nombró heredero universal a su vástago Domingo, dejando a su madre, Mari Hernández de Hernialde, 100 ducados de oro. También legó 40 ducados a María de Vidaurreta, de quien tuvo una hija. Los dos descendientes, sin embargo, fallecieron a edad prematura, quedando Catalina del Puerto, madre de Elcano, como heredera final, aunque acabó enredada en largos pleitos para terminar cobrando muy poco de las recompensas prometidas a su hijo. En 1535, todavía pedía sin éxito los 150.000 maravedíes que se adeudaban al difunto por salarios y los 500 ducados que el emperador le había otorgado como pensión.
En Guetaria, un imponente monumento de los arquitectos Agustín Aguirre y José Azpiroz y el escultor Victorio Macho en honor a Juan Sebastián Elcano, en estilo Art Déco, se eleva sobre un antiguo baluarte de la muralla, punto que ofrece impresionantes vistas de la costa. Está coronado por una victoria alada de cinco metros, en piedra arenisca, semejando el mascarón de proa de un navío. Una inscripción recuerda los nombres de los miembros de la tripulación que, junto a Elcano, culminaron el emblemático viaje. El proyecto fue seleccionado en un concurso auspiciado por la Diputación de Guipúzcoa en 1919, con intención de homenajear al gran nauta en el cuarto centenario de su gesta. Se inauguraría el 10 de octubre de 1925.
Además, existen otras dos estatuas de él en la localidad: una en la Plaza Elcano, realizada en mármol en 1860 por Antonio Palao, y otra en bronce en la Plaza de los Gudaris, ante la Casa Consistorial, obra de Ricardo Bellver en 1881. En el solar que ocupó la casa natal de Elcano, en 1800, Manuel de Agote comenzó la edificación de una ermita, destruida por los franceses en 1813. Una placa hoy recuerda el emplazamiento.
De la relevancia del navegante da cuenta que el 5 de marzo de 1927 fuera botado un buque escuela de la Armada Española llamado Juan Sebastián Elcano, y que se haya creado en 2001 el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos.
Fotografías: Gabriela Torregrosa

