Esto no es una crisis existencial (o sí)
Hubo un momento en mi adolescencia, cuando me di cuenta de que nunca podría leer todos los libros del mundo, ni ver todas las películas del mundo, ni visitar todos los países del mundo que todo mi mundo, de repente, pareció totalmente pequeño e insignificante.
Esa época era la de contabilizar el número de series que veía al año, y tener una lista inmensa de libros que ir tachando a medida que los iba leyendo. En ese instante, cuando tienes quince años, quieres tener diez más de golpe y creerte la persona más interesante e inteligente de tu entorno.
Esa sensación de no poder abarcar más de lo que realmente te llama la atención se asemeja mucho al momento en el que, de pequeño, te das cuenta de lo que significa la palabra ‘muerte’. La primera experiencia de cada uno con la parca no deja de ser cuanto menos curiosa por la forma en que condiciona tu relación con ella el resto de tu vida.
Ser padre y explicarle a tu hijo o hija lo que significa dejar de existir debe parecerse a montarte en una montaña rusa que todavía no ha pasado todos los controles de seguridad. La metáfora del cielo es tierna y significativa hasta que ese crío o cría monta en avión queriendo encontrar a su abuelo y decepcionándose al no verlo por allí tomando un café.
Una vida y un libro tienen un principio, un arco narrativo y un final, sí. Pero en lo que más se asemejan es que, cuatrocientos años después, serán lo mismo: una mota de polvo en la eternidad. Ya lo dice Rosa Montero en su ensayo El peligro de estar cuerda: "La vida es un sueño diminuto, un espejismo de luz en una eternidad de oscuridades. Y eso es nada, y es todo"
Todo lo que vemos, comemos, tocamos, besamos o probamos es una única realidad, totalmente diferente a la de la persona que se te sienta al lado en el autobús. Así que la vida también será eso: un montón de realidades intentando encajar en sincronía para no volvernos locos.

