carta del director

Que no se apague el pueblo cuando pase el verano

Durante unos días, el problema demográfico de Castilla y León parece desaparecer. Los pueblos se llenan, las casas que permanecieron cerradas durante meses vuelven a abrir sus puertas, las plazas recuperan conversaciones y los bares vuelven a necesitar más mesas. Regresan quienes se fueron y llegan hijos, nietos y amigos. El verano hace el milagro de multiplicar poblaciones que durante buena parte del año sobreviven con apenas unos vecinos.

Es una imagen reconfortante, pero también engañosa.

Porque cuando termine agosto, muchos de esos pueblos volverán a contar sus habitantes de siempre. Y entonces quedará de nuevo a la vista una realidad que ningún verano puede ocultar: Castilla y León necesita que sus pueblos sean lugares donde se pueda vivir todo el año, no escenarios que recuperan temporalmente su actividad cuando regresan quienes tuvieron que marcharse.

Estos días, además, el cielo ha concentrado buena parte de nuestras miradas. El eclipse ha convertido durante horas a buena parte de la Comunidad en un punto de encuentro, de observación y de interés. Es una magnífica oportunidad para reivindicar nuestro territorio y demostrar que también desde nuestros pueblos se puede mirar al mundo.

Pero quizá convenga aprovechar el espectáculo para mirar en otra dirección.

Hacia abajo. Hacia esos municipios que durante el verano demuestran, precisamente, que el problema no es que no haya gente que quiera volver. La gente vuelve porque mantiene vínculos, porque conserva una casa, porque allí están sus raíces y porque, cuando las circunstancias lo permiten, sigue encontrando razones para regresar.

La cuestión es por qué no puede hacerlo durante más tiempo.

No basta con llenar las plazas en agosto ni con convertir los pueblos en destinos turísticos cada vez más atractivos. Tampoco con reivindicar su patrimonio, su paisaje o su gastronomía. Todo eso es importante, pero un pueblo no puede convertirse en un museo perfectamente conservado y prácticamente vacío.

Necesita niños en las escuelas, comercios abiertos, médicos, transporte, conexión digital, vivienda disponible y oportunidades para trabajar. Necesita empresas, autónomos y jóvenes que puedan imaginar allí su futuro. Y necesita también que las administraciones entiendan que mantener población no consiste únicamente en atraer visitantes, sino en crear las condiciones para que alguien decida quedarse.

El verano nos ofrece cada año una fotografía de lo que podrían ser muchos de nuestros pueblos si consiguieran recuperar población estable. No deberíamos contemplarla únicamente con nostalgia. Deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que esa fotografía dure doce meses.

Porque el verdadero éxito no será que un pueblo vuelva a llenarse durante unas semanas. Será que, cuando termine el verano, queden suficientes motivos para que muchas de esas personas no tengan que volver a marcharse.

El eclipse ha pasado. El verano también. Lo importante es que, cuando desaparezca el espectáculo, nuestros pueblos sigan teniendo luz.