El fraile soriano, pregonero de la Semana Santa en 2018 y capellán del Ecce Homo durante más de dos décadas, fallece a los 91 años en Bermeo dejando un legado de cercanía, humildad y fe vivida sin artificios
Soria pierde al Padre Paco, el último franciscano que predicaba con el alma
El fraile soriano, pregonero de la Semana Santa en 2018 y capellán del Ecce Homo durante más de dos décadas, fallece a los 91 años en Bermeo dejando un legado de cercanía, humildad y fe vivida sin artificios
Soria se queda un poco más en silencio. Ha fallecido el Padre Paco, Francisco Jimeno, el 'último franciscano de la ciudad', a los 91 años en Bermeo. Con él se marcha no solo un fraile, sino una forma de entender la fe: sin estridencias, sin papeles, sin necesidad de guión. Solo con la verdad de la palabra y la cercanía del gesto.
Soriano de raíz profunda, le gustaba recordarlo con una media sonrisa y esa retranca humilde que le definía: "Nací en la calle del hambre, en la Calle Real". En esa frase cabía toda una vida. También el origen de su vocación, que evocaba con sencillez. Estudió en el Colegio San José y ahí nació su fe.
A los 12 años entró en el seminario. A los 25 fue ordenado sacerdote. Y desde entonces, toda una vida entregada en forma de acompañamiento, escucha y consuelo a generaciones de sorianos.
Quienes le conocieron saben que el Padre Paco no necesitaba papeles. Ni en una homilía, ni en una predicación, ni en un Vía Crucis. Hablaba como vivía: con naturalidad, con hondura, con una fe que no se aprendía en libros sino en la vida diaria. Era de esos frailes que no imponían, sino que acercaban. Que lograban que todos escucharan.
Su vínculo con la ciudad fue constante y profundo. En 2018 puso voz al pregón de la Semana Santa de Soria, dejando palabras que aún resuenan en la memoria de quienes las escucharon. Y durante más de veinte años, entre 1999 y 2020, fue capellán de la Cofradía del Ecce Homo, donde no solo ejerció como guía espiritual, sino como amigo cercano de sus cofrades.
Hoy, la Cofradía, la Orden Franciscana y toda Soria sienten su ausencia como una herida serena, de esas que duelen pero también agradecen. Porque el Padre Paco fue, ante todo, un hombre bueno. Cercano. Humilde. De los que se sentaban a hablar sin prisa, de los que miraban a los ojos, de los que sabían estar.
Se va el último franciscano de Soria, pero queda su ejemplo. Ese que no se escribe en libros ni se aprende en discursos. Ese que se queda en la memoria de quienes le escucharon sin papeles, en una iglesia en silencio, en una procesión o en cualquier rincón donde su voz sencilla encontraba siempre el camino.
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