Igea o el delirio de desvestir un gobierno para vestir otro

Igea y Mañueco, llegando a su comparecencia conjunta.

Capaz de empezar la semana dispuesto "a todo" (y "en ese todo entra todo", también echar por la borda el pacto PP/Cs en la Junta) para evitar un Gobierno que todavía no es, el del Estado, y terminarla con un canto a la "capacidad de escucha" y "excelente tarea" en una comparecencia llena de cumplidos a su alter ego. Así es Francisco Igea, vicepresidente de la Junta, un político en permanente estado de excitación que tiene 'como locos' a propios y extraños, incapaces de encontrarle el 'punto' y que, seguro, empiezan a pensar que cogérselo es misión imposible.

 

Igea da pruebas de ello casi a diario desde que empezó a ocupar los grandes titulares allá por el mes de marzo como adalid de las esencias de Ciudadanos (y no solo), especialmente en lo que toca a renegar de las políticas del PP. Desde entonces ha vivido a razón casi de polémica por semana, tanto con sus declaraciones como con sus acciones, empeñado en ponerse delante de todo 'toro' político, administrativo, orgánico o ideológico que saliera por la puerta de chiqueros. Ha discutido con los suyos y con los otros, por el 'no' a Sánchez de Rivera o sobre la jornada de 35 horas. No ha dejado un solo charco sin pisar, ni uno y para nadie, y casi siempre ha recurrido a lo que ya parece un caso de doble personalidad,  manteniendo una cosa y la contraria. Y decimos parece porque, críptico, Igea no siempre ha sido suficientemente claro sobre si lo que insinúa significa lo que todos creemos que quiere decir.

 

Gracias a esta habilidad, Igea es hoy por hoy un político en tierra de nadie. Lo malo es que se arriesga a quedarse ahí, aislado, peleado con todos y también consigo mismo. Muy especialmente consigo mismo y sus contradicciones. En estos meses le hemos visto encabezar la reducida lista de disidentes del pensamiento único en Ciudadanos y su política de pactos y, después, ser el mayor defensor de un gobierno con el PP, acuerdo del que esta semana prácticamente ha abjurado en beneficio de un salvar España que nadie le ha pedido.

 

Ese estar "dispuesto a todo" ha rizado el rizo de lo que Igea ha demostrado ser capaz. El delirio de desvestir un santo para vestir a otro. Llevarse 'por delante'  un gobierno ya en marcha como el de Castilla y León para impedir el legítimo intento de formar el del Estado, un 'cambio de cromos' de dudosos resultados más allá de la segura irresponsabilidad de hacer lo que insinuaba. Al menos esta vez parece que todos los implicados han entendido que lo que de manera subrepticia proponía no tenía pies ni cabeza. Nadie, ni siquiera los supuestamente beneficiados (si es que hay mejora en una operación de este tipo), lo han tomado en consideración. Hasta el presidente Fernández Mañueco pedía en una confesión de pasillos "paciencia" para el "amigo Paco".

 

Estar dispuesto a derribar un gobierno ya constituido no tiene ni medio pase. Ni siquiera si es por la querencia de un pacto que no fue, aquel al que parecía dispuesto y no se hizo. Tampoco es serio el  nuevo sainete de reproches y contrareproches con Luis Tudanca por revelar los temores del propio Igea ante las verdaderas intenciones de sus compañeros de partido en aquellos días de la 'no negociación' con el PSOE. Pero lo que no tiene ningún sentido es tirarse la semana sacrificando el gobierno pactado para cientos de miles de castellanos y leoneses y terminarla con una oda a ese mismo gobierno que se quiere echar por la borda. A este paso, más que "santa paciencia" (que ya la pide) va a tener que pedir que le tomen en serio.