La dictadura de Miguel Primo de Rivera (V)
Cyl dots mini

La dictadura de Miguel Primo de Rivera (V)

Continuamos con la historia de la Dictadura de Primo de Rivera (1923/1930), incluyendo hoy el episodio que realmente provocó ese cambio político, y perduró por dos años y medio, y que tuvo tanta importancia en la dinámica histórica española del primer tercio del siglo XX, a la que sucedió la Segunda República y la Guerra Civil: la guerra de África con todas sus complicaciones y la más desastrosa matanza de españoles en una operación militar poco pensada y peor preparada.

El desastre de Annual

 

La Conferencia Internacional de Algeciras de 1906 tuvo como resultado el establecimiento del protectorado franco-español de Marruecos. Un contexto en el cual la ocupación de la parte Norte, correspondiente a España, se presentaba harto peligrosa y difícil; por la vía militar y la diplomática, respectivamente.

 

En esa tesitura, el general Berenguer, en su calidad de alto comisario para el protectorado, consiguió el 14 de octubre de 1920 entrar sin lucha en la ciudad santa de Xauen –de ahí el título nobiliario que recibió de Conde de Xauen—, desde donde pretendió dominar toda la zona occidental de la Yebala, hegemonizada por el líder local El Raisuni. Siendo en la zona oriental donde se encontraría el principal núcleo de resistencia, sobre todo en torno a la cabila de Beni Urriaguel, controlada por Sidi Muhammad Ibn Abd al-Karim al-Khattabi; “Abd El Krim” según la grafía tradicional, personaje de hondo calado político, quien dos años después de terminar sus estudios en Fez, fue enviado por su padre a trabajar a Melilla.

 

Allí, en la hermosa ciudad norteafricana, el futuro caudillo rifeño se ocupó desde 1907 en enseñar a leer y escribir árabe en una escuela marroquí, convirtiéndose después en intérprete de lengua bereber en la OCTAI (Oficina Central de Tropas y Asuntos Indígenas), llegando a ser responsable de la columna en idioma árabe del periódico local, El Telegrama del Rif.

 

Y fue desempeñando esas tareas, cuando en enero de 1913, el joven melillense de adopción recibió por su lealtad a España el reconocimiento de la orden de Isabel la Católica. Algo que –según comenta Richard Pennell en su libro La guerra del Rif, 1921-1926— no dejó de resultar irónico, dado que en su testamento la gran reina había pedido para la Cristiandad la conquista de todo el norte de África.

 

El caso es que en 1917, Abd El Krim se convirtió en el más acérrimo enemigo de los españoles, al ser llevado a prisión –coincidencias de la vida— por el general Fernández Silvestre, a la lúgubre cárcel melillense de Cabrerizas Altas, donde en un intento de fuga quedó cojo de por vida. Fue acusado, injustamente, de traidor, y para más inri, al sobreseerse su causa, todavía continuó un tiempo entre rejas. Y al solicitar por ello una indemnización de 44.935 pesetas, le fue ruinmente denegada por las autoridades españolas.

 

El moro rebelde nunca perdonó tales afrentas, y en diciembre de 1918 abandonó Melilla, de acuerdo con su padre que le impulsó a preparar una rebelión en toda regla contra los arrumi (los cristianos). Para lo cual, su hermano Mohamed, estudiante de Ingeniería de Minas en Madrid, regresó al Rif, convirtiéndose en su lugarteniente. Así las cosas, cuatro años después de haberse puesto al frente de los rifeños, y aprovechando la falta de preparación de las tropas peninsulares, y con unos efectivos no superiores a 2.000 hombres, Abd El Krim, puso en retirada al ejército español en Annual, en lo que fue una auténtica caza del hombre.

 

La sucesión de episodios empezó en enero de 1920, cuando se encomendó al general Manuel Fernández Silvestre el mando de las fuerzas de la zona oriental del norte de Marruecos, con base en Melilla. Donde concibió las operaciones militares para ir ocupando el Rif (véase el mapa), como ya se ha dicho la zona más difícil del protectorado por la manifiesta aversión de sus cabilas a cualquier clase de sumisiones al invasor extranjero.

 

General Silvestre. La tragedia de 
Annual le llevó al suicidio.

 

El operativo, técnicamente de muy mal diseño, y políticamente alentado con todo género de entusiasmos por el rey, tenía como objetivo extenderse por un amplio espacio territorial en torno a la plaza de soberanía, hasta llegar a Alhucemas; posición estratégica desde la cual podría ocuparse Axdir, la capital de la que Abd El Krim ya denominaba República del Rif.

 

En febrero de 1920, Silvestre inició el avance con unos 25.000 hombres, suficientes sobre el papel para controlar la zona prevista, y el 12 de marzo conquistó la posición de Sidi Dris. Pero la precariedad de ese rápido avance pronto se patentizó, a causa de la dispersión de tropas en pequeñas posiciones aisladas, los blocaos; desde donde un puñado de hombres tenían que controlar rutas y caseríos, la mayor parte de las veces hostiles, y casi siempre con escasez de agua y suministros.

 

Con todo, el avance de las tropas españolas prosiguió hasta el 1 de junio de 1921, fecha en que se intentó ocupar, desde el campamento constituido en la cabila de Annual, la cumbre del cerro de Abarrán; la última barrera natural antes de llegar a la bahía de Alhucemas, y desde la cual se dominaba el territorio costero de la peligrosa cabila Beni Urriaguel, la ya citada de Abd El Krim. Senda en la cual se consiguió llegar a la cumbre de Abarrán, e instalar allí una batería de cañones, momento crucial en el que se produjo la traición de las tropas indígenas, que se apoderaron de las piezas recién instaladas.

 

El 5 de junio, los generales Silvestre y Berenguer reunidos en Sidi Dris, consideraron el suceso de Abarrán como un mero incidente, e intentaron recomponer la situación como si nada hubiera ocurrido. Pero en realidad, Silvestre estaba hundido: era el primer general español que perdía cañones en África. Además, la caída de Abarrán fue el inicio de una gran sublevación de las cabilas de todo el Rif, de modo y manera que Abd El Krim logró unir fuerzas muy numerosas bajo su dirección, provenientes incluso de los adeptos al viejo y moderado Raisuni. Situación frente a la cual, la comandancia de Melilla reaccionó, ordenándose afianzar la línea Sidi Dris / Annual, de modo que el 7 de julio se ocupó la posición de Igueriben, tres kilómetros al suroeste. Un enclave que no tardó en ser cercado por los rifeños, cada vez más motivados en su acoso.

 

En tan aciagas circunstancias, al amanecer del 21 de julio, Silvestre salió de Melilla para Annual, a fin de hacerse cargo directamente de la problemática situación. «De aquel hombrón fornido –dijo un testigo presencial— apenas subsistía la sombra... En Ben-Tieb, donde paró unos minutos, oyéronle decir sordamente: ¡Como Dios quiera! ¡Como Dios quiera!”. El caso es que ya con el espectro del fracaso flotando en el ambiente; Silvestre, acumuló en Annual todas las fuerzas disponibles, que fue reuniendo desde Dar-Dríus y del propio Ben-Tieb.

 

El mismo día 21 de julio cayó la posición de Igueriben, a pesar del intento de ayuda de una columna de 3.000 hombres mandada por el propio general Fernández Silvestre. Apoyo que fue rechazado con graves pérdidas para los atacantes, y de modo que de los 800 soldados que había ocupado Igueriben por unos días, sólo 25 volvieron a Annual. Supervivientes que en las condiciones más deplorables extendieron la sensación de la tragedia en curso, que desde ese momento fue a más y más, incidiendo negativamente en el coraje y la técnica del mando. Era el segundo gran fracaso de Silvestre en poco tiempo, después de Abarrán, con la consecuencia de que el terror acabó apoderándose de la tropa.

 

En esas circunstancias, los efectivos rifeños atacaron la base española de Annual en número muy inferior al de los defensores, pero Silvestre, desbordado por los acontecimientos, en vez de replicar con inteligencia, ordenó, el 22 de julio, el repliegue a líneas más seguras, hacia Melilla. Retirada que se convirtió en auténtico desastre cuando las cabilas se levantaron todas contra los españoles. Y aunque la escuadrilla aérea de Melilla se multiplicó para atacar al enemigo, abastecer los blocaos y apoyar a las columnas de refuerzo, todo fue inútil.

 

La recta entre el llano del Uadi Kert por Ben Tieb y Dar Drius, se convirtió en un inmenso matadero de soldados profesionales y reclutas españoles, cayendo entre ellos el general en jefe y todo su estado mayor. El Coronel Sánchez Monje, en conferencia telegráfica el 22 de julio al Ministerio de la Guerra, informó: “según me comunica el hijo del comandante general, su padre, el general Silvestre, se ha suicidado en Annual”…, ante el cariz que el desastre había tomado.

 

Durante la retirada, el general Navarro, el segundo de a bordo, se atrincheró en Monte Arruit, para dar protección a los restos de la columna de Silvestre. Donde resistió diez días, para al final (el 9 de agosto) pactar su rendición con las fuerzas rifeñas que les hostigaban sin cesar, llegando al compromiso de que se respetaría la vida de los españoles que se entregaran. Pero al ocuparse el lugar por los marroquíes, y como era de esperar, no respetaron los acuerdos, llevando a cabo una auténtica masacre. Murieron 2.300 hombres y otros 600 fueron hechos prisioneros, entre ellos el propio general Navarro.

 

En todo el proceso, las tropas de Abd El Krim no dieron pábulo a sus ojos por la falta de resistencia, y acosaron a los españoles en su huida sin darles respiro.

 

El 23 de julio, el general Dámaso Berenguer se hizo cargo de la situación en Melilla y ordenó la suspensión de las operaciones en el sector de Ceuta (El Raisuni estaba prácticamente derrotado), para transferir tropas al trágico teatro de operaciones, para lo cual contó con el general Sanjurjo y el comandante Franco con las recién creadas banderas de la Legión. Pero incluso con esas ayudas, el cuadro general siguió empeorando: el 24 de julio, los rifeños ocuparon el aeródromo de Melilla, y la antigua Rusadir de los fenicios, conquistada por Pedro de Estopiñan en 1497 para España, fue intensamente cañoneada desde la vecina Nador.

 

El desastre de Annual fue completo: cerca de 15.000 muertos entre españoles, tropas regulares y guardias indígenas; miles de heridos y desmoralización general. De los 25.000 soldados que componían la dotación de la Comandancia de Melilla, sólo quedaron útiles 1.800 para defender la ciudad hasta la llegada de refuerzos.

 

El de Annual, como cualquier pánico, excedió lo imaginable y constituyó para todos una sorpresa sin razonable explicación. Mohamed Azerkan, uno de los jefes rifeños, dijo al periodista francés Jean Taillos por aquellos días: «Nosotros mismos nos quedamos sorprendidos, sin que acabásemos de comprender la huida de tantos soldados armados...». El Comandante Franco, tiempo después, en vísperas de la recuperación de Dar-Dríus, escribiría: «Cuanto más se avanza, menos se explica lo ocurrido».

 

Indalecio Prieto, diputado del Congreso,
testigo del desastre de Annual.

 

El desastre de Annual fue muy debatido en el Congreso de los Diputados, que envió una misión para estudiar el caso sobre el mismo terreno, de la que Indalecio Prieto, del PSOE, dejó constancia. El propio Congreso abrió una investigación, el Expediente Picasso, que no llegó a publicarse en 1923 por las presiones militares para evitar tanta vergüenza. Y la forma de que ese conocimiento quedara en la oscuridad, fue el origen directo del golpe de Estado que dio el General Miguel Primo de Ribera, según veremos en la próxima entrega de este relato.

 

Para cualquier conexión entre los lectores de Tribuna y el autor, pueden utilizar, como siempre, el correo electrónico castecien@bitmailer.net.

 

 

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: