La dictadura de Primo de Rivera (VII)
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La dictadura de Primo de Rivera (VII)

Plaza de España de Barcelona, la ciudad condal, donde se preparó todo el golpe de estado de Primo de Rivera, saliendo éste para Madrid, vitoreado, en el expreso de la noche.

Entramos hoy en la séptima entrega de la histira del General Primo de rivera y su dictadura, una pieza importante dentro de la Historia Contemoranea de España. Y en la secuencia de hoy, figuran los días más importantes de cuando el General dio el golpe de estado menos cruente y más convneido con el jefe del propio Estado.

 

El 13 de septiembre (sigue): Primo gana

 

A las diez de la mañana del 13 de septiembre de 1923, Alba, en San Sebastián, fue al palacio de Miramar a despedirse: “Le anuncié al rey –escribió luego— mi propósito de marchar por la tarde a Noja (Santander), donde veranea mi anciana madre”. Pero dos jefes del Cuerpo de Artillería, llegaron a tiempo para prevenirle que desde Barcelona se había cursado una orden de detención contra él; aunque el gobernador militar de Guipúzcoa, general Terol, artillero él también, se había negado a cumplirla. Como igualmente había rehusado hacerlo el capitán general de la sexta región, general Moltó, que se hallaba en Pamplona.

 

La misma tarea le fue encomendada al general Martínez Anido, quien sí aceptó el encargo. Pero como le hizo saber al propio Alba tiempo después, no se decidió a arrestarle. Para evitar mayores males, dio tiempo a que el ex–ministro saliera de España antes de comunicarse la orden de detención a los puestos fronterizos. En tales circunstancias, Alba resolvió aplazar su viaje a Noja para ver a su madre, y marchó a Francia. Y cuando estaba en los preparativos para ello, recogiendo algunos enseres personales en su casa, recibió la visita de varios amigos y periodistas. Les leyó el telegrama de su dimisión, cursado al Presidente del Consejo de Ministros García Prieto, y agregó:

 

Solo me resta decir que, ante las circunstancias, no me considero facultado para seguir negociando con representantes extranjeros. Por eso, ayer he puesto punto final a mis funciones de ministro de Estado

 

Acto seguido, salió con su esposa, en automóvil, para dirigirse a Behovia y cruzar la frontera. El ministro más valioso del gobierno García Prieto, hacía mutis por el foro ante la posibilidad de que el presunto dictador se cebara en su persona. Las convicciones políticas cedían ante las inquietudes personales. Alba, desde ese momento quedó invalidado para cualquier papel clave ulterior en la Historia de España.

 

El rey se quedó, pues, sin ministro de jornada, es decir, sin la representación inmediata del gobierno constitucional, que aún funcionaba en Madrid bajo la presidencia de García Prieto. En esa situación, Alfonso XIII debió decir para sí aquello de “¡Viva la libertad!", –son palabras de Ramón de Franch—, por ni siquiera tener a mano con quién consultar en momentos tan singulares. En semejante trance, se le pagaron las sábanas en la mañana del día 13, después del baile de la noche anterior, almorzó luego en familia, y aún se echó una siestecita. No era, desde luego, hombre de grandes congojas… o mejor aún estaba seguro de todo lo que iba a ocurrir.

 

En la madrugada de ese mismo día 13 de septiembre de 1923, Primo de Rivera se puso definitivamente en movimiento, haciendo circular su manifiesto en toda Barcelona. No tardó en recibir una nueva llamada telefónica del general Aizpuru, ministro de la Guerra, desde Madrid:

 

  • Mi general, me dicen que está usted sublevado con la guarnición de Cataluña.
  • Así es, en efecto —contestó Primo de Rivera.
  • Pues queda usted destituido —le dijo el ministro.
  • No —replicó el ya dictador—. El que queda destituido es el gobierno.

 

Era la voz del capitán general de Cataluña, 53 años, “laureado, viudo, padre de cinco hijos, mirada cansada y profunda, campechano a la vez que irónico, audaz y sobre todo buena gente —según palabras de su bisnieta Rocío Primo de Rivera en su libro Los Primo de Rivera—, patriótico, magnánimo, comprensivo y tolerante; bien consciente de que había dado un paso irreversible”.

 

El 14 de septiembre

 

En las primeras horas del día 14, Primo de Rivera se dio perfecta cuenta de que aun navegando con el viento en popa de un país ahito de políticos inútiles, y no poco atemorizados, se encontraba en cierto modo en un peligroso aislamiento. Había tocado muchas teclas, pero también era verdad que no había consultado a algunos de los generales más caracterizados. Hasta el punto de que el propio Queipo de Llano llegó a proponer un contragolpe frente a Primo. Por su parte, el general Muñoz Cobos, capitán general de la región de Madrid, vaciló, hasta que el propio rey le expresó claramente su actitud pro-golpe. En tanto que Zabalza, capitán general de Valencia, se negó a apoyar al golpista, aunque Gil Dolz de Castellar, gobernador militar de la provincia, y García Trejo, de Castellón, ocuparon puntos estratégicos en lo que vino a ser un minigolpe contra Zabalza.

 

Por su parte, el cuerpo de artillería se mostró pasivo, y el coronel Marchesi, ulterior director de la Academia de Artillería, rehusó asistir a la recepción de Primo de Rivera cuando éste llegó a Madrid. Y los generales Acha, de artillería, y Montero, de ingenieros, incluso llegaron a pedir al ya mentado capitán general de Madrid, Muñoz Cobos, que apoyara al poder legítimo.

 

En Palma de Mallorca, donde el capitán general de la región de Baleares adoptó una actitud de “completo apoyo al gobierno”, el general Weyler –el estratega y táctico más duro y eficiente de las campañas en Cuba hasta 1897— expresó, con todo su prestigio, que estaría junto al gobierno en caso de que éste luchara contra los rebeldes. Y con ese fundamento, desde Madrid se nombró a Weyler capitán general de Cataluña, planeando enviar un buque de guerra para trasladarlo a Barcelona. Sin embargo, el almirante Aznar, ministro de Marina, aunque manifestó claramente que su arma apoyaba al gobierno legal, se unió al “pronunciamiento negativo” al descartar la posibilidad de un sangriento ataque naval a los rebeldes de Barcelona.

 

General Valeriano Weyler: estuvo a punto
de ganar la guerra de Cuba, según
algunos, por sus métodos contundentes.
Apoyó decididamente al Dictador.

 

 

En definitiva, excepto Barcelona, Zaragoza, Madrid, y probablemente también Bilbao, donde el general Viñe apoyaba el golpe, no había señal clara de que las guarniciones del país estuvieran dispuestas a seguir activamente al general rebelde en su pronunciamento. Durante todo el 13 de septiembre, la inmensa mayoría de los gobernadores militares expresaron su plena lealtad al gobierno constitucional. Así,  el de Mahón, declaró que una asamblea de los oficiales de toda la zona había decidido “no secundar a la guarnición de Barcelona, y apoyar al gobierno legalmente constituido”.

 

Declaraciones semejantes llegaron a la mesa del ministro de la Gobernación, enviadas por los gobernadores militares de Cáceres, Burgos, Logroño, Málaga, Pamplona, Santander y Toledo. Por su parte, el general Losada, gobernador militar de Oviedo, vigiló personalmente el cumplimiento de la orden oficialista de que la guarnición quedara acuartelada, y el general Querol, gobernador militar de San Sebastián y el general Moltó, capitán general de Pamplona, no tomaron en cuenta —como ya se ha subrayado— la orden de los pronunciados de detener a Santiago Alba.

 

En lo concerniente a la Guardia Civil, su actitud inicial no fue de rebelión. En Albacete, por ejemplo, incluso estuvo dispuesta a ponerse en alerta para neutralizar un posible levantamiento de la guarnición local. Y el comandante de Barcelona dejó explícitamente claro que sus fuerzas no tomarían partido, de momento (“nuestros contingentes se mantendrán al margen”), y que seguirían “prestando servicio como de costumbre”.

 

Así las cosas, en un testimonio directo, un periodista barcelonés, Martínez Tomás, que acudió a la Capitanía General de Barcelona en la madrugada del 13 de septiembre dio cuenta de su impresión desoladora: “El general Primo de Rivera se encontraba prácticamente solo, rodeado únicamente de sus ayudantes y seis o siete oficiales de Estado Mayor... Nuestra impresión en aquellos momentos era la de que si el gobierno hubiera tenido suficiente arrojo como para enviar una compañía de la Guardia Civil, el golpe de Estado se hubiera convertido en un fracaso...”. Pero la apuesta de Primo de Rivera tuvo éxito.

 

Día 14 de septiembre. El rey en Madrid y el futuro dictador sale de Barcelona

 

En la tarde del día 13, en San Sebastián, el rey seguía en el palacio de Miramar. Tras su ya mencionada siesta, a media tarde bajó al garaje a echar un vistazo a su nuevo cabriolé, y esperó tranquilo hasta la noche —ya estaba al corriente de todo lo que pasaba en Barcelona y Madrid—, para salir entonces en el tren expreso ordinario con rumbo a la capital del reino, adonde llegó a la mañana siguiente.

 

El Rey esperaba la visita de Don Miguel, tan tranquilamente, sin percatarse de que iba a firmar una letra con vencimiento seis años después, con su abdicación.

 

A su llegada a la estación del Príncipe Pío, cerca del Palacio de Oriente, en la mañana del día 14, le esperaba el gobierno en pleno, con García Prieto al frente; menos, evidentemente, el titular de Estado, Alba, ya en Francia. "Te juro que no estoy para nada en el pronunciamiento de Barcelona", dijo el rey a quien aún ejercía, con la mínima autoridad, las funciones de presidente del Consejo de Ministros. Y como éste no pudiera disimular sus dudas, insistió el monarca: "Te lo juro por mis hijos". Además de estar a punto de ser perjuro de la Constitución de 1876, el rey ya lo era respecto de su familia.

       

En ese momento de la recepción, las guarniciones de Barcelona y Zaragoza ya estaban en definitiva rebelión, y la de Madrid, se encontraba manifiestamente a favor del golpe, por la ya comentada decisión del Duque de Tetuán. Los demás mandos militares esperaban órdenes del rey en persona.

 

García Prieto, como presidente del consejo de ministros que todavía era oficialmente, pidió al rey la firma para destituir a los capitanes generales de Barcelona y Zaragoza y abrir las Cortes con toda urgencia. Pero con su habitual desparpajo, más que sibilinamente, el monarca contestó que tales medidas exigían de reflexión. Ante lo cual dimitió el gobierno, y Alfonso XIII, sin más reflexión aceptó las dimisiones, y fue a lo suyo: la dictadura. La suerte a favor de Primo de Rivera estaba echada: el borboneo, aunque en circunstancias sui generis, volvió a funcionar.

 

Ese mismo 14 de septiembre a las 7.00 horas de la mañana, Primo de Rivera había llamado por teléfono a Muñoz Cobo, el capitán general de la región militar de Madrid, y en la conversación que siguió, le manifestó su inquietud por no haber tenido noticias del rey. Fue así como el máximo cargo de la primera región, tras informar a palacio ya con el monarca en Madrid, recibió la orden de comunicar al dictador en ciernes que se presentara en Madrid el 15 por la mañana. Todo haría suponer ya que había un acuerdo explícito entre el monarca y el futuro dictador, y daba pleno sentido al cese del gobierno García Prieto.

 

A las 20.00 horas del 14, Primo de Rivera salió de Barcelona por la estación de Francia, de los ferrocarriles de Madrid/Zaragoza/Alicante (MZA), donde nunca hasta ese día se había visto tan compacto gentío, para despedir a su capitán general que iba a Madrid para formar gobierno. Una muchedumbre que se extendía a lo largo del Paseo de Isabel II y del de Colón, hasta la monumental columna del descubridor de América, erigida para la exposición universal de 1888 en la que se dio en llamar ciudad de los prodigios. Las aclamaciones acompañaron al general desde Capitanía hasta que subió al coche-salón, enganchado a la cola del expreso de Madrid.

 

“En los andenes –dice Ramón de Franch— el pueblo soberano, a sabiendas iba a perder su soberanía, se confundía con las más altas autoridades de la ciudad condal. En pie, encima de los coches estacionados a derecha e izquierda del convoy, gesticulaba con entusiasmo la ciudadanía. Se gritaba en catalán y en castellano, y el ilustre viajero parecía henchido de gozo. ¡Viva el regenerador de España!, tal fue la síntesis del regocijo bilingüe en el que sin duda se perdieron, para los oídos del general, buen número de consejos cuerdos y pintorescos”.

 

15 de octubre en Madrid: el rey acepta el Golpe de Estado

 

El ya dictador de facto, llegó a Madrid al siguiente día, el 15, a las 9.30 hs., y de inmediato se reunió con el rey en el Palacio de Oriente, quien sin más ni más, le encargó que formase gobierno. Primo de Rivera respondió, con una declaración que dejó bien en claro los compromisos del monarca con el nuevo régimen, el directorio militar:

 

Señor: Honrado por Vuestra Majestad con el encargo de formar Gobierno en momentos difíciles para el país, que yo he contribuido a provocar, inspirándome en los más altos sentimientos patrios, sería cobarde deserción vacilar en la aceptación de puesto que lleva consigo tantas responsabilidades y obliga a tan fatigoso e incesante trabajo.

 

Tras la aceptación ante el rey, el nuevo jefe del ejecutivo aseguró que la tarea de su régimen sería el “desempeño concreto de las carteras ministeriales, con el propósito de constituir un breve paréntesis en la marcha constitucional de España. Para restablecerla –seguía la declaración— tan pronto como ofreciéndonos el país hombres no contagiados de los vicios que a las organizaciones políticas imputamos, podamos nosotros ofrecerlos a vuestra majestad, para que establezca pronto la normalidad”.

 

Tal vez Primo de Rivera, como dice Raymond Carr, asestó el golpe al sistema parlamentario en el momento en que éste se encontraba en su fase de mayor debilidad, pero también en la posible transición de la antigua oligarquía a una posible democracia: “Los liberales avanzados se proponían sustituir la vieja máquina política por un nuevo marco, pero tales intenciones aún no habían incidido en el cuerpo político del país, en el que seguía prevaleciendo la indiferencia más absoluta. No era la primera vez, ni sería la última, en que un general aseguraba rematar un cuerpo enfermo, cuando de hecho lo que hacía era poner fin a las expectativas de un nasciturus”. Pero en realidad tales esperanzas en la obra de García Prieto, no eran concluyentes: había tenido nueve meses para dar una idea del cambio prometido, y nada serio había trascendido en tal tiempo de gestación.

 

En definitiva, lo que Primo de Rivera hizo fue dar término a la vigencia de la Constitución que Cánovas había elaborado en 1876 para Alfonso XII, y cuya viuda, la reina María Cristina, preservó para el hijo de ambos, durante la regencia más larga conocida en España (1885-1902). Y en esa tesitura, Alfonso XIII, al aceptar la dictadura, al consagrarla, incluso al haberla sostenido cuando el golpe podría haber fracasado estrepitosamente, se convirtió en el rey perjuro; por faltar a su juramento de la Constitución de 1876.

 

Así, de hecho, el 15 de septiembre de 1923, el monarca firmó una letra de cambio político a favor de la república, de vencimiento incierto, pero que al final acabaría por ejecutarse el 14 de abril de 1931. En fin de cuentas, el rey no consideró la posibilidad de transformar su monarquía en algo sostenible a largo plazo con instituciones verdaderamente democráticas; sino que abrumado por sus propios miedos –entre otras cosas por las amenazantes responsabilidades de Annual— e incapacidades, al querer salvar la institución de la corona con la dictadura, asumió las más graves responsabilidades por la crisis que él mismo desató para todo el país. Sentó así las bases de su ulterior exilio.