Abejar ha vuelto a volcarse con La Barrosa, uno de los ritos más singulares del calendario festivo de la provincia. La tradición ha recorrido de nuevo las calles del municipio coincidiendo con el ciclo de Carnaval, celebrándose desde 2019 el sábado posterior al Martes de Carnaval, en una jornada marcada por el ambiente festivo y la participación vecinal.
Fiel a la costumbre, La Barrosa visita únicamente las viviendas abiertas del pueblo en las que no se ha producido ningún fallecimiento durante el último año, un gesto que forma parte del código no escrito de respeto que rodea a esta celebración. El recorrido se convierte así en un acto íntimo y colectivo a la vez, que refuerza el sentimiento de pertenencia y la memoria compartida. La cita cobra especial significado desde que el pasado año fue reconocida como Fiesta de Interés Turístico Regional, un respaldo que ha reforzado el orgullo local.
En esta edición, los encargados de dar vida al personaje han sido Raúl de Marco y Martín Navas, que iniciaron la jornada a media mañana y, bajo un cielo despejado y temperaturas inusualmente suaves, comenzaron su itinerario por las calles del municipio pinariego. Cada parada ante una puerta abierta se transforma en un pequeño acontecimiento: los vecinos observan el diseño elegido para este año, diferente en cada edición, y reciben a los protagonistas con moscatel, roscos y productos elaborados en casa.
Las visitas se llenan de conversaciones, evocaciones y fotografías antiguas que rescatan momentos de anteriores barroseros. No faltan las anécdotas ni los relatos de infancia en casas donde, a veces, los protagonistas son recordados por los apodos familiares, "el de los Navas" o "el del Machucho", aunque en algunos casos apenas sean reconocidos tras el atuendo y la máscara.
La mañana transcurre sin prisas, entre saludos y reencuentros, en una celebración cuyo origen se pierde en el tiempo y que sigue transmitiéndose generación tras generación. La Barrosa no es solo una figura festiva, sino un elemento identitario profundamente arraigado en Abejar y en la comarca de Pinares.
La jornada culmina ya entrada la noche, cuando el ritual alcanza su momento más simbólico. Entre disparos al aire, vueltas en el salón y el gesto ceremonial de brindar con vino que simula sangre, vecinos y participantes comparten bailes y abrazos. Para las familias, que han vivido días de preparativos y nervios, el cierre supone también un instante de orgullo y emoción por mantener viva una tradición que continúa marcando el pulso cultural de Abejar.








