Esta histórica fortaleza sorprende por sus vistas desde su torre del homenaje pero especialmente por el descenso subterráneo a tres cámaras secretas
Castillos que hablan (XIII): Portillo y su enigmático pozo de 30 metros de profundidad
Esta histórica fortaleza sorprende por sus vistas desde su torre del homenaje pero especialmente por el descenso subterráneo a tres cámaras secretas
Soy el castillo de Portillo
Me alzo en lo alto de un promontorio dominando todo el raso. Desde mi torre del homenaje la experiencia es sencillamente espectacular: la vista se pierde en un océano de pinares. Gracias a mi privilegiada posición siempre controlé la comunicación entre Segovia y Valladolid, convirtiéndome en una importante plaza estratégica. No es por vanidad, pero hoy sigo sorprendiendo a propios y extraños.
De planta cuadrangular y perteneciente a la llamada Escuela de Valladolid, mi historia es incierta. Hay referencias escritas, ya en el año 936, cuando Abderramán III paso por la "Torre de Portillo", camino de la batalla de Simancas. Pero lo cierto es que mi fisonomía actual es el fruto de varias etapas constructivas. El infante don Tello mandó levantar en el siglo XIV la parte más antigua que hoy conservo.

Desde entonces se produjeron incontables sucesiones. Juan II de Castilla me entregó a las familias de Sandoval y a la de Mendoza. Tristemente recuerdo como el valido de Juan II, don Álvaro de Luna, que incluso fue mi señor durante un lustro, acabó sus días encerrado en la planta baja de mi torre. Ya saben el infausto final del Condestable de Castilla: fue decapitado en cadalso público en Valladolid en 1453.
El rey Enrique IV me poseyó durante varios años a mediados del siglo XV. Mandó iniciar una amplia reforma, elevando mi torre una planta y ampliando el cuerpo palacial, del que hoy solo conservo la estructura. Años más tarde, en 1465, pasé a formar parte del patrimonio de la familia Pimentel que me conservó hasta el siglo XIX, aunque apenas me habitaron. Rodrigo Alonso de Pimentel, conde de Benavente, mandó construir una barrera defensiva con cubos abovedados donde poder instalar la artillería y un foso, ya cegado.

Pero quizá lo más sorprendente es el pozo de más de 30 metros de profundidad que atraviesa mis entrañas, con una increíble escalera de caracol de 123 peldaños que desciende hasta tres cámaras secretas de piedra de sillería, cuya función no pone de acuerdo a los estudiosos. El enigmático lugar sobrecoge a mis visitantes que no se explican cómo pudo ser construido.
Bien merezco que visites también mi torre del homenaje. La primera planta, convertida en prisión de Estado, es rematada por una gran bóveda ojival con una trampa de madera abatible para comunicarse con los prisioneros. La planta noble está flanqueada por cuatro señoriales ventanales con escudos labrados en las esquinas. Y si no sufres de vértigo, es necesario que asciendas hasta mi cubierta. Allí el paso de ronda permite una vista de 360 grados a más de 30 metros de altura. Sencillamente imponente.

En el siglo XIX pasé por varios propietarios, incluso llegué a pertenecer al párroco de Arrabal de Portillo. Un floreciente labrador, Juan del Río Sanz, padre del reconocido médico e investigador portillano Pío del Río Hortega, adquirió mi propiedad. Su hijo decidió dejarme en herencia a la Universidad de Valladolid.
Mención especial merece la labor de la Asociación de Amigos de los Castillos de Portillo que son los que se encargan de mi mantenimiento y de gestionar todas las actividades culturales y turísticas que albergo durante el año.
Si hasta aquí has llegado, querido espectador de Castillos que hablan, es que quizá mi ser y mis avatares históricos te hayan interesado. Por ello te conmino a visitarme. Estoy convencido de que no te arrepentirás.
Soy el castillo de Portillo.



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