Treinta y seis estaciones y más de 530 motivos convierten el monte soriano y su prolongación en Fuentetoba en uno de los grandes conjuntos de arte rupestre esquemático de la Meseta Norte
La erosión amenaza las pinturas prehistóricas de Valonsadero tras miles de años de historia
Treinta y seis estaciones y más de 530 motivos convierten el monte soriano y su prolongación en Fuentetoba en uno de los grandes conjuntos de arte rupestre esquemático de la Meseta Norte
Sobre las areniscas de Valonsadero permanecen figuras humanas, animales, astros, puntos, barras, zigzags y símbolos cuyo significado continúa abierto miles de años después. No son dibujos aislados. Forman un extraordinario sistema visual creado por comunidades que dejaron representados el pastoreo, los ciclos naturales, la organización del territorio y una dimensión ritual que los investigadores todavía tratan de descifrar.
El conjunto reúne 36 estaciones conocidas y más de 530 motivos, clasificados en 18 grupos tipológicos. A pocos kilómetros, Fuentetoba prolonga ese universo prehistórico mediante La Peña de los Plantíos, La Cerrada de la Dehesa y los abrigos de Los Callejones.
Este patrimonio fue declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica en 1994. Sin embargo, su verdadero valor no reside únicamente en la cantidad. Frente a otros conjuntos peninsulares donde predominan los signos aislados, en Valonsadero aparecen asociaciones que permiten reconocer escenas: grupos humanos, rebaños, ceremonias, posibles tareas agrícolas y figuras vinculadas a astros o elementos simbólicos.
Las pinturas abren una ventana excepcional hacia las primeras sociedades agroganaderas y metalúrgicas de Soria. También plantean una advertencia: la piedra que las ha protegido durante milenios es, al mismo tiempo, el soporte que amenaza con borrarlas.

Un territorio escrito sobre la roca
Las estaciones de Valonsadero se distribuyen por cañadas, barrancos y afloramientos rocosos. La cartografía tradicional las agrupa en siete grandes núcleos: La Cuerda del Torilejo y Los Isaces, el Barranco de Valdecaballos, Las Cocinillas, el Barranco del Cubillejo, Los Peñones, el Covachón del Puntal y Cañada Honda.
El itinerario público parte del aparcamiento superior de Cañada Honda y permite conocer once estaciones clásicas. Entre ellas se encuentran Las Covatillas, el Covachón del Puntal, La Lastra, El Mirador, Peña Somera, el Peñón de la Visera, el Covacho del Morro, el Peñón del Majuelo y Los Peñascales.
Cada panel ofrece una parte distinta de ese lenguaje. La Lastra conserva un grupo de figuras interpretado como una danza o ceremonia. En El Mirador aparecen soles y una posible escena con un pastor y su rebaño. El Peñón del Majuelo contiene una composición agroganadera asociada al sol, la luna y varios animales. En el Covachón del Puntal se ha identificado un posible personaje oculado o chamán junto a figuras unidas.
Estas denominaciones son interpretaciones construidas a partir de formas extremadamente esquemáticas. Los investigadores reconocen personas, cuadrúpedos, aves, peces, armas, ídolos, figuras ramiformes y motivos esteliformes, pero una parte del repertorio continúa sin una clasificación definitiva.

El rojo nació de la propia montaña
Las figuras fueron pintadas principalmente en rojo sobre superficies de arenisca. Los estudios recogidos en la investigación señalan que el color se obtuvo de los óxidos de hierro presentes en las vetas ferruginosas del propio entorno. La roca proporcionaba así tanto el soporte como parte de la materia prima utilizada para pintarla.
Las muestras analizadas también apuntan al empleo de un aglutinante orgánico de naturaleza proteínica, actualmente muy degradado. Algunos motivos presentan huellas compatibles con la aplicación directa mediante los dedos. Otros muestran trazos finos que pudieron realizarse con pinceles vegetales o plumas.
La cronología general sitúa estas manifestaciones entre aproximadamente el 3100 y el 1000 antes de Cristo, desde el Calcolítico hasta la Edad del Bronce. Sin embargo, el conjunto no parece responder a un único momento. Algunos signos y composiciones pudieron realizarse o reinterpretarse durante fases posteriores, hasta el Bronce Final e incluso los inicios de la Primera Edad del Hierro.
Valonsadero sería, por tanto, una construcción acumulada durante generaciones: distintos grupos regresaron a las mismas rocas, añadieron motivos y mantuvieron viva una tradición visual cuyo desarrollo pudo prolongarse durante más de dos milenios.

Juan Antonio Gómez-Barrera, toda una vida tratando de descifrar las pinturas
La investigación moderna de Valonsadero está estrechamente vinculada a Juan Antonio Gómez-Barrera, responsable de ordenar, ampliar e interpretar buena parte del corpus rupestre soriano.
Su recorrido comprende desde La pintura rupestre esquemática en la Altimeseta Soriana, publicada en 1982, hasta el estudio de La Peña de los Plantíos de 1984-1985; las obras Ensayos sobre el significado e interpretación de las pinturas rupestres de Valonsadero y Pinturas rupestres de Valonsadero y su entorno, ambas de 2001; Novedades en torno al arte rupestre de Valonsadero, de 2015; y la publicación científica del Abrigo de las Manos en 2021.
Gómez-Barrera no se limitó a inventariar estaciones y motivos. Propuso entender la pintura esquemática como una "acción social" de las comunidades agroganaderas. Su interpretación fue desplazándose desde la descripción de las figuras hacia el papel que desempeñaban dentro de aquellas sociedades.
El investigador resumió ese enfoque al señalar que había centrado su lectura "más en la sacralidad de la cotidianeidad que en la excepcionalidad religiosa". Las pinturas no serían únicamente imágenes de un santuario ni una crónica literal de las actividades económicas. En ellas podrían convivir el trabajo, la movilidad, los papeles sociales, los ciclos diarios y la experiencia de lo sagrado.

El misterio del Abrigo de las Manos
La incorporación más singular al inventario es el Abrigo de las Manos, publicado por Gómez-Barrera en 2021 como la estación número 36 de Valonsadero.
En su interior se documentaron manos derechas impresas en positivo, además de una figura femenina, un cuadrúpedo, barras y motivos circuliformes. La técnica de impresión positiva resulta excepcional dentro del arte esquemático de la Meseta Norte.
El abrigo había permanecido oculto durante décadas debido al hollín y a la alteración de la superficie. Su estudio necesitó tratamientos digitales de imagen como DStretch, capaces de reforzar cromáticamente pigmentos apenas perceptibles a simple vista.
Las manos han sido relacionadas con ideas de presencia, pertenencia, posesión o ritual. También se ha planteado una posible conexión simbólica entre la mano y determinados signos astrales, oculares y esteliformes. La propia investigación advierte, no obstante, de que estas propuestas son sugerentes, pero no concluyentes.
Por razones de protección, las coordenadas exactas del abrigo no se han publicado. Su ubicación queda fuera del itinerario principal y su vulnerabilidad aconseja limitar la difusión de datos que puedan facilitar un acceso incontrolado.
Fuentetoba, la prolongación del universo de Valonsadero
El arte rupestre no termina en los límites de Valonsadero. En Fuentetoba, La Peña de los Plantíos reúne 17 grupos y cerca de 150 motivos, lo que la convierte en la principal estación de este segundo núcleo.
Su elemento más conocido es el llamado motivo-estela, interpretado por Gómez-Barrera como una figura de posible significación funeraria. Sus paralelos formales llevaron al investigador a plantear contactos culturales de larga distancia con el suroeste peninsular.
La hipótesis también permitiría situar algunos motivos de Fuentetoba en momentos más avanzados, durante los últimos estadios del Bronce Final y los comienzos de la Primera Edad del Hierro. Sin análisis arqueométricos y contextos más firmes, esta interpretación no puede considerarse una datación cerrada.
El núcleo se completa con La Cerrada de la Dehesa y los dos abrigos de Los Callejones. La Cerrada conserva barras, puntos y posibles signos simbólicos, aunque está muy afectada por grafitos históricos y antiguos usos ganaderos. En Los Callejones I permanece un pequeño antropomorfo dentro de una hornacina natural, mientras que Los Callejones II conserva únicamente dos manchas rojas residuales. Ninguno de estos enclaves está musealizado.

¿Ceremonias, rebaños o marcas territoriales?
El significado de las pinturas continúa siendo la gran pregunta. La investigación agrupa las interpretaciones en cuatro líneas principales, compatibles en algunos casos y contradictorias en otros.
La primera es la ritual y simbólica. Las danzas, los tocados, los posibles chamanes, los astros, las máscaras y los oculados podrían indicar que determinados abrigos fueron espacios ceremoniales. La Lastra, el Covachón del Puntal, el Covacho del Morro y Los Peñascales II concentran algunos de los motivos que sostienen esta lectura.
La segunda interpretación es económica y narrativa. Los rebaños, pastores, encierros, asociaciones entre seres humanos y animales y posibles trabajos agrícolas parecen reflejar actividades de subsistencia. El Peñón del Majuelo, El Mirador y el Peñón de la Visera son los ejemplos más representativos.
Una tercera hipótesis contempla los paneles como marcadores territoriales. Muchos ocupan superficies visibles o posiciones dominantes, lo que pudo convertirlos en referencias para señalar zonas de movilidad, explotación agroganadera o control simbólico del paisaje.
La cuarta línea se centra en símbolos concretos, como las manos o la estela de La Peña de los Plantíos. Son los elementos más atractivos para plantear interpretaciones, pero también aquellos en los que resulta más fácil convertir una semejanza formal en una certeza que las pruebas todavía no permiten sostener.
La piedra también destruye las pinturas
El deterioro de las estaciones no procede únicamente del vandalismo. El estudio técnico sobre su conservación identifica un proceso más lento y difícil de detener: la degradación de la propia arenisca.
Las pinturas se asentaron sobre costras superficiales relativamente duras formadas en rocas con cuarzo, feldespatos, micas y matriz arcillosa. Cuando esas costras se separan o se desprenden, desaparece con ellas la imagen prehistórica.
La lluvia, el rocío, la humedad, la cristalización de sales, el hielo y el deshielo, la colonización biológica y la alteración de los minerales erosionan los paneles. La Lastra está especialmente castigada por la escorrentía. Parte del friso del Peñón de la Visera se encuentra sobre una costra semidesprendida. En otros abrigos, las hogueras, los grafitos, la actividad ganadera y la presión de las visitas han agravado los daños.
Desde comienzos de la década de 1980 se instalaron verjas en varios abrigos. Posteriormente se incorporaron señalización y atriles interpretativos y se realizaron limpiezas puntuales. Antes de 2015 se eliminó una pintada de Peña Somera.
En 2023, la Junta de Castilla y León adjudicó por 37.000 euros la documentación digital y fotogramétrica de varios abrigos, entre ellos Valonsadero y La Peña de los Plantíos. La digitalización permite registrar el estado de los paneles, mejorar su lectura y facilitar su divulgación sin incrementar el contacto físico con las pinturas.
Lo que todavía no sabemos
La investigación ofrece certezas sobre el número de estaciones, la composición de los pigmentos, la distribución territorial y la historia de los estudios. La precisión disminuye cuando intenta fijar fechas concretas o traducir cada símbolo.
La mayor parte de las cronologías procede de comparaciones tipológicas, no de dataciones absolutas directas. Las técnicas digitales ayudan a descubrir trazos antes invisibles, pero tampoco resuelven por sí solas las superposiciones, el número exacto de determinadas figuras o su significado.
La investigación futura pasa por realizar análisis arqueométricos no destructivos, mantener la fotogrametría de alta resolución y vigilar periódicamente la humedad, las sales, las costras y el biodeterioro. También exige diferenciar claramente entre los accesos destinados a la visita y las localizaciones científicas que deben permanecer protegidas.
Durante miles de años, las pinturas han sobrevivido al aire libre sobre una roca vulnerable. La gran incógnita ya no consiste únicamente en saber qué quisieron contar quienes las realizaron. También en cuánto tiempo seguirá siendo posible leerlas.
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