El ruido y la convivencia

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 El ruido y la convivencia
El autor esFélix Ángel Carreras Álvarez
Félix Ángel Carreras Álvarez
Lectura estimada: 3 min.

Hay semanas en las que la actualidad política parece empeñada en poner a prueba la fortaleza de nuestras instituciones. La que acabamos de cerrar ha sido una de ellas.

La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre la ley de amnistía ha sido interpretada de manera radicalmente distinta según quién la leyera. Para unos, supone un aval; para otros, un severo correctivo. Al mismo tiempo, la condena del hermano del presidente del Gobierno y la decisión de que su esposa afronte un juicio con jurado popular han vuelto a situar a Pedro Sánchez y a su entorno familiar en el centro del debate público.

Son hechos de indudable relevancia. Pero quizá lo más preocupante no sean los hechos en sí, sino la forma en que los vivimos.

En una democracia madura, las resoluciones judiciales deberían ser analizadas con respeto y naturalidad. Podrán compartirse o criticarse por los cauces establecidos, pero no convertirse de inmediato en munición política. Sin embargo, en la España de hoy, cada auto, cada sentencia y cada decisión de un tribunal parecen tener dos versiones irreconciliables: la de quienes proclaman una victoria absoluta y la de quienes denuncian una persecución intolerable. Apenas queda espacio para el análisis sereno.

No es una cuestión menor. Cuando los ciudadanos perciben que las instituciones dejan de ser patrimonio de todos para convertirse en instrumentos al servicio de un relato político, se erosiona la confianza en el propio sistema democrático. Y una democracia puede soportar gobiernos de uno u otro signo; lo que difícilmente soporta es el deterioro continuado de la credibilidad de sus instituciones.

La Justicia debe ser independiente cuando sus resoluciones gustan y también cuando incomodan. La presunción de inocencia no puede depender del color político del investigado, como tampoco la crítica a una sentencia puede convertirse automáticamente en un ataque al Estado de derecho. La fortaleza de una democracia se mide precisamente por su capacidad para mantener ese equilibrio.

Mientras tanto, el clima de confrontación sigue creciendo. El adversario político hace tiempo que dejó de ser un rival para convertirse, demasiadas veces, en un enemigo. Las redes sociales magnifican cualquier diferencia; el debate público se empobrece; el insulto desplaza al argumento y la sospecha sustituye al respeto. La política ocupa cada vez más espacio, pero ofrece cada vez menos soluciones.

Y, sin embargo, la inmensa mayoría de los españoles continúa preocupada por cuestiones mucho más concretas. En Castilla y León lo sabemos bien. La sanidad, la despoblación, el futuro del campo, las infraestructuras, la vivienda para los jóvenes, los incendios en verano o las oportunidades de empleo ocupan mucho más tiempo en las conversaciones de nuestros vecinos que los rifirrafes parlamentarios. Esa España cotidiana apenas encuentra hueco entre el estruendo político que monopoliza titulares y tertulias.

Quizá por eso resulta tan significativo que una de las escasas alegrías compartidas llegue, una vez más, de la mano del deporte. La selección española de fútbol ha conseguido algo que parece imposible en otros ámbitos: que millones de personas se ilusionen juntas, sin preguntar antes qué votan, dónde viven o qué piensan. Durante noventa minutos desaparecen las trincheras y reaparece un sentimiento de pertenencia que la política parece haber olvidado.

No se trata de pedir unanimidades imposibles ni de renunciar al debate. La discrepancia forma parte de cualquier sociedad libre. Lo preocupante es que hayamos normalizado una confrontación permanente en la que todo se interpreta desde la lógica del enfrentamiento y nada parece merecer una reflexión compartida.

España necesita dirigentes que defiendan con firmeza sus ideas, pero también que respeten las instituciones, acepten las decisiones judiciales y comprendan que gobernar una sociedad plural exige rebajar el volumen de la confrontación. La política está para resolver problemas, no para convertirse ella misma en el principal problema.

Tal vez convenga aprender de quienes, sin grandes discursos, siguen demostrando que el éxito colectivo nace del esfuerzo compartido y del respeto a unas reglas comunes. Es una lección tan sencilla que sirve para triunfar en un campeonato. Y también para sostener una democracia.

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