14/09/2026
PISA, algo más que un ránking
Lectura estimada: 3 min.
El informe PISA vuelve a dejar una fotografía incómoda de la educación española. Y, en el caso de Castilla y León, ofrece una doble lectura que conviene hacer con serenidad: hay motivos para estar satisfechos, pero también razones más que suficientes para preocuparse.
La primera evidencia es clara. Castilla y León ya no lidera las tres competencias evaluadas, como ocurrió en la anterior edición. Ahora ocupa el segundo puesto entre las comunidades autónomas en Matemáticas y Ciencias y el tercero en Lectura. En números absolutos, el retroceso también es evidente: 472 puntos en Matemáticas frente a los 499 de 2022; 466 en Lectura frente a los 474 anteriores; y 493 en Ciencias frente a los 506. Es una caída significativa y sería un error intentar disimularla.
Pero tampoco sería justo presentar estos datos como el certificado de defunción de un modelo educativo. Castilla y León continúa entre las comunidades con mejores resultados del país y mantiene una posición claramente superior a la media española, europea y de la OCDE. Incluso en un escenario de descenso generalizado, los alumnos de la Comunidad siguen demostrando un rendimiento notable.
Precisamente por eso el resultado merece una lectura más inteligente que la del simple ranking. Porque la educación no puede convertirse en una clasificación deportiva en la que cada cuatro años haya ganadores y perdedores.
PISA sirve. Y sirve mucho. Permite comparar sistemas, detectar tendencias y comprobar si determinadas políticas educativas están funcionando. Pero no puede ser el único termómetro con el que medir la salud de un sistema educativo. Ni debería convertirse en un arma arrojadiza para atribuir todos los males a una ley educativa o todos los aciertos a una administración.
Hay, además, una cuestión que debería preocuparnos mucho más que perder uno o dos puestos en una clasificación: qué está ocurriendo con la capacidad de nuestros jóvenes para comprender lo que leen, interpretar una información, distinguir lo relevante de lo accesorio y construir un razonamiento propio.
Porque quizá el verdadero problema no sea que Castilla y León pase del primer puesto al segundo o al tercero. El verdadero problema aparece cuando un alumno tiene dificultades para enfrentarse a un texto relativamente breve, comprenderlo, extraer de él información y responder a partir de lo que ha leído.
Ahí sí deberíamos detenernos. Y no para culpar a los alumnos. Tampoco para señalar exclusivamente a los profesores. Mucho menos para convertir la educación en una nueva batalla partidista. Deberíamos preguntarnos qué sociedad estamos construyendo y qué hábitos estamos transmitiendo a nuestros hijos.
Vivimos rodeados de mensajes instantáneos, vídeos de pocos segundos, titulares, pantallas y estímulos permanentes. La atención se ha convertido en un bien escaso. Leer exige tiempo; comprender exige concentración; pensar exige detenerse. Y quizá una de las grandes batallas educativas de nuestro tiempo sea precisamente recuperar esas tres cosas.
No se trata de volver atrás ni de negar la tecnología. Al contrario. Nuestros jóvenes necesitan dominar las herramientas digitales porque forman parte de su presente y serán imprescindibles en su futuro. Pero saber manejar una pantalla no equivale a saber interpretar el mundo. Y tener acceso ilimitado a información no significa saber distinguir la información verdadera de la falsa, ni comprender aquello que se está leyendo.
Por eso el debate sobre PISA debería ir mucho más allá de las posiciones en una tabla. La pregunta importante no es si somos primeros, segundos o terceros. La pregunta es si estamos formando jóvenes capaces de leer un texto, entenderlo, cuestionarlo, relacionarlo con sus conocimientos y elaborar una respuesta propia.
Castilla y León tiene motivos para defender lo que funciona. Sus resultados siguen estando entre los mejores de España y eso no es fruto de la casualidad. Hay docentes, familias, alumnos y centros que llevan años haciendo bien su trabajo. Pero precisamente porque existe una tradición de buenos resultados, la caída debe servir como aviso y no como motivo de resignación.
Y para el conjunto de España, el aviso es todavía mayor. Si los resultados empeoran, no basta con discutir quién tiene la culpa. Hay que sentarse a hablar de qué conocimientos consideramos esenciales, de cuánto tiempo dedicamos a leer y escribir, de cómo enseñamos a razonar, de qué papel deben tener las pantallas y de cómo recuperamos el valor del esfuerzo y de la atención.
PISA puede decirnos dónde estamos. Incluso puede advertirnos de hacia dónde vamos. Lo que no puede hacer por nosotros es decidir hacia dónde queremos ir.
Esa es la verdadera cuestión.
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